El Kami

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Bajo la Tierra —de llanuras juncosas— yacía un Kami (un ser sobrenatural) que tenía la forma de un barbo y que, al moverse, hacía que temblara la tierra hasta que el Magno Dios de la Isla de Ciervos hundió la hoja de su espada en la tierra y le atravesó la cabeza. Cuando el Kami se agita, el Magno Dios se apoya en la empuñadura y el Kami vuelve a la quietud.

Mitología japonesa, siglo VIII
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 195

Manuel Peyrou

Manuel Peyrou

Manuel Peyrou

(San Nicolás de los Arroyos el 23 de mayo de 1902 – Buenos Aires el 1 de enero de 1974)

Manuel Peyrou se graduó en la Facultad de Derecho, de Buenos Aires en 1925, pero nunca ejerció la abogacía. Era hijo de Antonio Peyrou, abogado (que se recibió en la misma promoción de Macedonio Fernández y del padre de Adolfo Bioy Casares) y de Julia Olascoaga. Su abuelo fue el coronel Manuel José Olascoaga, uno de los organizadores de la Campaña del Desierto del general Roca, pintor, dramaturgo, topógrafo, militar, revolucionario y fundador de Chos Malal y primer gobernador del Neuquén. Peyrou era también sobrino-nieto de Bernardo de Irigoyen, prócer de la organización argentina. Durante su juventud trabajó en los ferrocarriles -entonces, ingleses- mientras maduraba su vocación literaria. En 1935, con su cuento La noche incompleta, inició su colaboración en La Prensa, diario cuya redacción pasó a integrar poco después, primero como redactor y, luego, como editorialista e integrante del suplemento literario, función que cumplía al alcanzarlo la muerte.

Conoció a Jorge Luis Borges en la década de 1920. Fue uno de sus más íntimos amigos. Sus primeros libros fueron La espada dormida, cuentos policiales publicados en 1944, y la novela El estruendo de las rosas, también de índole policial, publicada en 1948. Fue Borges quien lo vinculó con Sur y le encargó la sección de crítica cinematográfica en Los Anales de Buenos Aires, revista que el autor de El Aleph dirigía y desde la que dio a conocer los primeros trabajos de escritores que, con el transcurrir del tiempo, llegaron a ser nombres significativos de nuestra historia literaria; uno de ellos: Julio Cortázar.

Mientras ejercía el periodismo, Peyrou siguió desarrollando una labor literaria merecedora de importantes reconocimientos. Su primer libro, La espada dormida, obtuvo un premio municipal; en 1953, publicó La noche repetida, cuentos; en 1957, Las leyes del juego, novela a la que se adjudicó el Tercer Premio Nacional; en 1959, El árbol de Judas, cuentos distinguidos con el premio Ricardo Rojas; en 1963, Acto y ceniza, novela; en 1966, Se vuelven contra nosotros, novela, Segundo Premio Municipal; en 1967, Marea de fervor, cuentos; y en 1969, El hijo rechazado, novela, Segundo Premio Nacional de Literatura. Peyrou obtuvo también la Medalla de Oro del Consejo del Escritor correspondiente al decenio 1951-1960 y el Primer Premio en el Certamen Nacional de Cuentos que realizó, en 1956, la Dirección General de Cultura por su cuento La desconocida.

El relato de detectives, especie literaria que cultivó durante su primera etapa de escritor, fue el género en el que produje excelentes páginas. Los cuentos policiales de Peyrou figuran en varias antologías argentinas y extranjeras. Entre las últimas, pueden citarse: Los más bellos cuentos del mundo, editada en Madrid por el Reader’s Digest, y la Antología de escritores argentinos, publicada en 1970, en Grecia, por Jorge Humuziadis. Asimismo, su novela El estruendo de las rosas fue traducida al inglés, editada por Herder and Herder, de los Estados Unidos, que también incluyó su cuento Julieta y el mago en una antología de cuentos hispanoamericanos.

Después de haber incursionado con éxito en el relato policial Manuel Peyrou enfrentó la difícil empresa de la narración psicológica y testimonial. Preocupado por la realidad política del país y por la decadencia de las costumbres, registró en sus novelas, sin ninguna complacencia, las formas negativas del devenir político argentino. Las leyes del juego, Acto y ceniza y El hijo rechazado son buenos ejemplos de dicha intención. Como con reminiscencias de Balzac, lo social y económico se destacan en las peripecias de sus criaturas. Es que Peyrou, después de haber practicado el juego de lo policial y lo fantástico, que lo aproximaba al orbe literario de Borges, se interesó por los conflictos de las psicologías sociales para abordar a través de ellos la novela de testimonio y denuncia.

Existe otro rasgo de su personalidad literaria -y también humana- que no es posible soslayar: su amor por Buenos Aires. Este admirador de la literatura inglesa gustaba describir en su obra cosas y hechos de esa ciudad, sobre todo la zona del centro, de la que era un permanente y encariñado caminador[1].

La confesión

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En la primavera de 1232, cerca de Avignon, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente, confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

—¿Por qué mentiste? —preguntó Giselle D’Orville—. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

—Porque soy débil —repuso—. De este modo me cortarán la cabeza, simplemente. Si hubiera confesado que lo maté porque era tirano, primero me torturarían.

Manuel Peyrou
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 185

Fatalismo

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Cuenta una tradición israelita que un profeta pasó junto a una red tendida; un pájaro que estaba ahí cerca le dijo: Profeta del señor ¿en tu vida has visto a un hombre tan simple como el que tendió esa red para cazarme, a mí que la veo? El profeta se alejó. A su regreso, encontró al pájaro preso en la red. Es extraño, exclamó. ¿No eras tú quien hacía un rato decías tal y tal cosa? Profeta, replicó el pájaro, cuando el momento señalado llega no tenemos ya ojos ni orejas.

Ah’med et Tortuchi
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 183

Lawrence Durrell

Lawrence Durrell

 

Lawrence Durrell

(Charles Norden; Julundur, 1912 – Sommières, 1990)

Narrador y poeta inglés contemporáneo. Estudió en Inglaterra, pero su vida transcurrió casi por entero en la región mediterránea: Corfú, Rodas, Chipre, Egipto y el sur de Francia. Durrell ideó para su propio uso narrativo concepciones literarias de novelistas de gran clase como Conrad, Joyce y Lawrence en Inglaterra, y Gide y Proust en Francia. Al igual que ellos, en su insatisfacción ante las formas existentes, también él quiso crear nuevas técnicas literarias. En cuanto al estilo, el suyo se caracteriza por su riqueza y sensualidad, unido a una gran capacidad evocadora y un gran talento para describir el espíritu de un lugar o paisaje.

 La primera novela propiamente dicha de Durrell es Cefalú (1948), aunque en 1938 había aparecido, en París, El libro negro, obra narrativa donde predomina el elemento autobiográfico. Cefalú está considerada como una de sus más logradas novelas; contiene las principales preocupaciones intelectuales de su autor, sobre las que volvería, luego, en dos series de novelas.

La obra de Durrell podría calificarse como exótica en un primer nivel de lectura, pues fijó sus espacios novelísticos por lo general fuera de Inglaterra. Su monumental El cuarteto de Alejandría, por ejemplo, que lo situó entre los renovadores de la novela moderna por las técnicas utilizadas y por el nivel de la prosa, entre refinada y realista, transcurre en dicha ciudad, pero el talento narrativo de Durrell supo sortear los escollos del exotismo mediante una prosa intensa y gracias a su instinto mágico crear atmósferas trágicas y modernas.

La novela está conformada por cuatro títulos: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960) y cada una repercute en la otra, creando un juego de espejos, como si individualizadas pudieran servir de explicación o punto de apoyo a alguna de las otras, para lo cual optó por utilizar puntos de vista narrativos diferentes, técnica abierta por H. James a comienzos del siglo XX. Justine quizá sea la más lograda del conjunto, por su confluencia natural entre intelecto y naturaleza, entre erotismo y análisis, entre trama y técnica narrativa.

Se entrecruzan en este trabajo literario varios personajes inolvidables: Justine, que simboliza la extrañeza de la mujer eterna, oscura y a la vez fatal; Narouz, egipcio que representa el orientalismo hermético; Nessim, su antípoda cosmopolita y emprendedor ligado a las fuerzas del capital; Mountolive, diplomático británico; y Pursewarden, que alude al escritor. A pesar de poseer una estructura totalmente moderna, las novelas del cuarteto ejercen una fascinación especial por la continua narración de sucesos que las relacionan con obras de corte realista, sustentadas en la trama y las descripciones.

Esta tensión entre dos maneras de escribir resueltas al mismo nivel dio a Durrell una personalidad especial dentro de la novelística moderna, más abocada a un experimentalismo tenaz que al mencionado concierto. Incluso algunos críticos han deducido que tal dualidad es más un defecto que una virtud, ignorando la voluntad del autor. Otros críticos han situado el conjunto dentro de un “realismo mágico o fantástico”, haciendo énfasis en el misterio exótico que desprenden las novelas en conjunción con las técnicas relativistas que difuminan el contexto.

La obra y vida de Durrell se relacionaron estrechamente con las del narrador norteamericano Henry Miller, con quien sostuvo una larga amistad e intercambio epistolar. Las estructuras amorfas de las novelas de Miller pudieron haber influido en Durrell y viceversa, aunque cada uno singularizó su estilo hasta el extremo. La obra posterior al Cuarteto de Alejandría no ha logrado el mismo reconocimiento. No deben olvidarse otros libros, como Reflexiones sobre una Venus marina (1955) y Limones amargos (1957), libros de viajes de una extraña belleza. De este último (premio Duff Cooper Memorial) dijo el propio Durrell que no es un libro político, sino simplemente un estudio impresionista de las costumbres y el ambiente de Chipre durante los conflictivos años de 1953-1956.

Otras obras suyas son Tunc (1968) y Nunquam (1970), carentes del virtuosismo de la tetralogía, aunque conservan un lenguaje y un humor macabro; y por último El quinteto de Avignon, que comenzó a escribir en 1974 y que lo integran las novelas Monseñor (1974), Livia (1978), Constance (1982), Sebastián (1983) y Quinx (1984). Si en el Cuarteto Durrell utilizó como simbolismo la Teoría de la Relatividad, en el Quinteto utiliza un simbolismo quíntuple porque, para los budistas, la personalidad está formada por cinco elementos Skandab, que proceden de los griegos clásicos e incluyen casi todas las categorías aristotélicas como fragmentos de la personalidad.

Con posterioridad publicó The big supposer (1972), Carrusel siciliano (Sicilian carousel, 1977) y Collected Poems (1980). La obra de Durrell incuestionablemente quedará como una de las más acabadas expresiones de una narrativa altamente lírica. En 1985 publicó Antrobus (The Antrobus complete) y, póstumamente, apareció su último libro, titulado Visión de Provenza (Caesar’s Vast Ghost: A Portrait of Provence)[1].