Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

 

Arthur Schopenhauer

(Danzig, actual Gdansk, Polonia, 1788-Frankfurt, Alemania, 1860)

Filósofo alemán. Fue hijo de un rico comerciante que se trasladó con su familia a Hamburgo cuando Danzig cayó en manos de los prusianos en 1793. Su madre fue una escritora que llegó a gozar de cierta fama, y aunque el Schopenhauer maduro no tuvo buenas relaciones con ella, el salón literario que fundó en Weimar proporcionó al filósofo la ocasión de entrar en contacto con personalidades como Goethe.

En 1805 inició, contra sus deseos, una carrera comercial como aprendiz por voluntad de su padre; la muerte de éste (al parecer, por suicidio) le permitió prepararse para los estudios superiores e ingresó en la Universidad de Gotinga como estudiante de medicina en 1809.

Pero la lectura de Platón y de Kant orientó sus intereses hacia la filosofía, y en 1811 se trasladó a Berlín, donde estudió durante dos años, siguiendo los cursos de Fichte y Schleiermacher; la decepción que ambos le causaron fue motivo de un momentáneo alejamiento de la filosofía y un interés por la filología clásica.

Las campañas napoleónicas le brindaron la ocasión de retirarse a Rudolfstadt, donde preparó su tesis titulada La cuádruple raíz del principio de razón suficiente que le valió el título de doctor por la Universidad de Jena y que fue publicada en 1813. Regresó después a Weimar, donde se relacionó estrechamente con Goethe y fue introducido por F. Mayer en la antigua filosofía hindú, uno de los pilares, junto con Platón y Kant, del que había de ser su propio sistema filosófico.

Éste quedó definitivamente expuesto en su obra El mundo como voluntad y representación. La realidad auténtica corresponde a un principio que Schopenhauer denominó voluntad, de la cual el mundo como representación es su manifestación; el sistema se completa con una ética y una estética. Cuando el individuo, enfrentado al mundo como representación, se pregunta por lo que se encuentra tras las apariencias, obtiene la respuesta como resultado de su experiencia interna, en lo que se conoce como voluntad; pero la irracionalidad de ésta, su condición de afán de vida perpetuamente insatisfecho, produce una insatisfacción que la conciencia sólo puede suprimir a través de una serie de fases que conducen a la negación consciente de la voluntad de vivir.

La influencia de Kant en el sistema es clara: el mundo fenoménico corresponde a la representación, mientras que la voluntad constituye la verdadera naturaleza del nóumeno, según Schopenhauer, pues la esencia de éste es descubierta por el hombre dentro de sí mismo como impulso irracional, vital.

El filósofo confiaba en un reconocimiento inmediato de la importancia de su obra, pero ésta no suscitó demasiada atención, aunque sí le ayudó a obtener en 1820, tras un viaje a Italia, la condición de docente en la Universidad de Berlín. Allí trató en vano de competir con Hegel, a la sazón en la cumbre de su popularidad, para lo que anunció sus cursos a la misma hora que los de aquél, al que consideró abiertamente como su adversario. Pero no tuvo éxito; en 1825, después de un nuevo viaje a Italia y un año de enfermedad en Munich, renunció a la carrera universitaria.

Vivió a partir de entonces y hasta su muerte una existencia recluida, que desde 1831 transcurrió en Frankfurt, adonde se trasladó huyendo del cólera que ese mismo año llevó a la tumba a Hegel. Tras la segunda edición (1844) de su obra principal, considerablemente aumentada con cincuenta nuevos capítulos, empezó a ser conocido merced a una colección de ensayos y aforismos publicada en 1851. En el clima intelectual creado después de la revolución de 1848, su filosofía alcanzó finalmente reconocimiento internacional y ejerció una considerable influencia sobre pensadores como Friedrich Nietzsche[1].

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La cortesía

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En un crudo día de invierno, un rebaño de puercoespines se habían apretado unos contra otros para librarse del frío, prestándose mutuamente calor. Pero apenas en contacto, sintieron el escozor de los pinchazos de sus espinas lo que los hizo separarse. Cuando la necesidad de calentarse los obligó a juntarse de nuevo, volvió a ocurrir lo mismo, de modo que la lucha contra ambos sufrimientos les hizo ir de una en otra posición hasta que se colocaron a una distancia media que les hizo soportable la situación. Del mismo modo el deseo de sociedad, nacido del vacío y de la monotonía de su propio interior empuja a unos hombres hacia otros; pero sus numerosas cualidades repelentes y sus insoportables defectos les dispersan de nuevo. La distancia media que acaban por encontrar y gracias la cual la vida en común es posible, es la cortesía.

Schopenhauer
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 208

La piedra filosofal

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La piedra, mantenida en el hueco de la mano, vuelve invisible. Si se la cose en un lienzo fino y con éste se ajusta bien el cuerpo para que se caliente bien, es posible elevarse en el espacio tan alto como se quiera. Para descender basta aflojar ligeramente el lienzo.

Libro de la Santa Trinidad
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 157

La calle

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El hombrecito ya había sospechado algo, pero no creía que las cosas pudieran llegar tan lejos.

Caminando una tarde y viendo, al pasar, un portón de madera claveteada, notó que las cabezas labradas de los clavos de cobre, caminaban rápidamente su adorno y su lugar, pero pensó que era un fugaz engaño óptico y no le concedió mayor importancia.

Adelante, le pareció que los capiteles de un pórtico agregaban rosas a su ornamento, pero se creyó víctima de otro error y continuó andando por esa calle para acudir a su trabajo.

Prosiguió circulando por esa calle, calle por la que soñaba y vivía otras existencias que imaginaba alentando detrás de los balcones y casi en todas y tras cada una de las fachadas.

Esta fuga ingenua y cotidiana, esta diversión inofensiva y simple de la imaginación, le hacía la vida menos dura, no del todo monótona y más llevadera. Pero resultó que se trataba de un escape peligroso, porque esa calle, esa misma calle risueña bajo su palio ora azul, ora rociado por los destellos de miríadas de estrellas, en cierto momento, a la manera de un ser humano, mostró el lado negro y perverso.

Un día, la calle no solamente presentó cambios en la decoración de sus edificios y plazas, sino trueque de viviendas, mudanza de algunas otras, canje y hasta desaparición de portales y jardines enteros y, lo que fue peor, modificó, a tal grado su trazo y longitud, que el hombrecillo no ha podido llegar, desde entonces, al sitio donde debe desempeñar su trabajo.

Olga Arias
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 199