Eliseo Carranza Guerra

Eliseo Carranza Guerra

Eliseo Carranza Guerra

Nacido en 1958 en la ciudad de Monterrey, se tituló como docente de escuelas primarias para las que trabajó durante 12 años. Se licenció como docente de educación media básica y se graduó como licenciado en Letras Españolas por la UANL, siendo catedrático en dicha institución desde 1987. Es coordinador de talleres literarios de Cuento y Poesía desde 1993 y 1994 respectivamente. Coordina varios Cafés Literarios desde 1996 a la fecha. Finalista en el Concurso de Cuento Brevísimo y de varias instituciones más, ha logrado cierta presencia como hacedor de microrrelatos en twitter que lo ha llevado a ganar el Certamen de Microrrelato en Twitter “Dónde lees tú” y el IV Certamen de Microrrelato Odradek. Ha impartido cursos sobre este género y ha participado en varios Congresos sobre el tema[1].

 

 

 

[1]Datos enviados por el propio Eliseo vía e-mail

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Mala suerte

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Chang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años,dominó el arte de matar dragones y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de ejercerlo.

Jorge Luis Borges
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 239

Berlín 43

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El reducido salón privado de Hans Klinger acogía los más variados elementos, a manera de injertos caprichosos, con gran predominio de objetos bélicos y de libros. La combinación de los severos utensilios de guerra con rebuscados toques de refinamiento, daban la clásica atmósfera de un despacho de oficialía nazi. Hans Kliger, enfundado en su impecable uniforme, con la vista fija en la luz de sus botas negras, tamborileaba con los dedos la funda metálica de una rancia espada prusiana que, colgada en un rincón del cuarto, no tenía ya más finalidad que oxidarse.

En seguida, midiendo los pasos, como si un ritmo lento pudiera iluminar sus ideas, llegó hasta un escritorio. Extrajo del cajón superior una gruesa carpeta, cuya portada se adornaba con una swástica. La abrió y comenzó a desechar papeles. Encontró lo que buscaba: una hoja con anotaciones manuscritas. Después de leerla fría, automáticamente, la redujo a una pequeña figura de arrugas y la arrojó al suelo.

Las pupilas de Hans Kliger, dos hileras de brillo a medio borrar, delataban el peso progresivo del insomnio. Se sirvió una copa de aguardiente, que hizo desaparecer  al primer intento. Miró por la ventana, sin poder capturar un objetivo, y fabricó dos maldiciones con estupenda dicción. Estuvo a punto de tomar el teléfono, ociosamente situado sobre una mesita de hierro; pero cambió de parecer por la tentación de seguir acortando el nivel de la botella. Se despojó de su gorra militar, para propiciar una invasión de cabellos anarquistas en la frente.

Urgido en preparar juegos internos, se dio a perseguir determinados recuerdos que luego acomodaba en sitios convencionales, como un recurso inmediato a su vacío. Mientras, jugueteaba maquinalmente con un pequeño cañón a pequeña escala del temible “Bertha” y que cumplía funciones de encendedor. Un “Bertha”, con nombre de mujer y caricias homicidas. Pero todo eso ya no tenía ninguna importancia. Caminó hacia el librero para tomar un ejemplar bastante usado de “Una Alemania Mejor”, y en su lectura transcurrieron veintiocho minutos más de su existencia. En seguida se ocupó en buscar el papel que había estrujado. Lo dejó de nuevo en condición legible, y un pequeño lápiz apareció trazando signos.

Sólo pudo permanecer tranquilo unos breves instantes. Volvió a presionar el papel, ya sin ninguna utilidad inmediata. Descolgó la bocina del teléfono. Permaneció indeciso, con esa teatral angustia que trae la desventura, sin atreverse a marcar el número. Se quedó con la mirada fija en el escudo del partido nazi, y movió los labios sin lograr ningún sonido. La gruesa guerrera de estrecho cuello lo acaloraba: razón ideal para tirarla. Se sirvió otra copa, que ahora sorbió a pequeños tragos.

Un repentino acceso de voluntad lo llevó hacia el teléfono en cuyo disco marcó un número.

—¿El jefe?… Sí, habla Hans. Necesito me conceda un día más… ¿Cómo? ¡Le aseguro que estoy a punto de encontrar la solución!… Sí, sí, comprendo que sus actividades no pueden esperar, pero es una última oportunidad que solicito… ¡Compréndame; sólo se trata de una última vez!… ¡Usted puede acabar con mi carrera si no me escucha!… ¡Bueno, bueno, bueno!… ¡Colgó el muy…!

Derrotado, aunque ya sin la tirana presión de la esperanza, se sentó en un sillón y se quedó inmóvil. Sería cuestión de momentos esperar el final. Ese final aniquilante que acompaña al fracasado sin excusa. Se levantó, envuelto en esa resignación cercana a la indiferencia, para proveerse de nuevo licor. Eso ayudaría.

Entonces, bajo los efectos de la mermada botella, procedió con la calma inconsciente de la embriaguez, a vestirse con su nuevo uniforme de gala. Otra gorra nueva también, disimuló el caos de su pelo. Como final de actuación predilecta, se ciñó el cinturón que sostenía la funda de una temible “Luger”. Al siguiente paso, encadenado en la suficiencia de todo aquel que nada puede exigir a la fortuna, ensayó tres marcas de sonrisa ante un espejo, para luego marcar otro número:

—¡Bueno!… ¿A dónde hablo?… ¿La Policía?… Oiga: todo esto es un tanto extraño, así que le ruego prestar atención… Sí, sí; no interrumpa… Habla Hans Kliger… ¿Quién? ¡Oh, perdone! Es mi pseudónimo… Mi pseudónimo, mi apodo. ¡Caray!… Sí, por supuesto. Mi nombre original es Melchor Rueda… ¡Claro! Ya sé que está mejor, pero eso a usted no le importa… Lo que sí puede interesarle es que dentro de dos minutos, a más tardar, necesitaré suicidarme…Sí, sí; desde luego que es una historia larga; pero todo se reduce a que el jefe de la editora ya me perdió la confianza, y hoy mismo presenta su demanda… ¿Cómo dice? ¡No, no; es que yo soy escritor!… Sucede que no he podido dar un final conveniente para mi última novela, “Las Angustias del Führer”… Del Führer… ¡Oh, no tengo tiempo para explicarle esos términos!… Sí, claro que podría dejar una carta explicativa de mi suicidio; pero acabo de prometerme no volver a escribir jamás… ¿Mi dirección? ¡Ah, sí, claro! Es Berlin 43… ¡Berlín 43!… Cuarenta y tres… Eso mismo; cuatro, tres… No, No; descuide. Yo ya no tengo lugar para bromas…

Luis Enrique García
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 236

Ironía

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Galo Vibio aplicó tan bien su alma a la comprensión de la esencia y variaciones de la locura que perdió el juicio; de tal suerte que fue imposible volverle a la razón. Pudo, pues, vanagloriarse de haber llegado a la demencia por un exceso de juicio.

Montaigne
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 228

Isaías

Isaías

Isaías (profeta)

Yeshayaáh (Yahveh es salvación)

Fue uno de los profetas de Israel del siglo VIII a. C., que profetizó durante la crisis causada por la expansión del Imperio asirio. Escribió por lo menos la primera parte del libro de la Biblia que lleva su nombre. Nació probablemente en Jerusalén 770-760 a. C. y estaba emparentado con la familia real (parece que fue primo de Ozías según la tradición talmúdica). Por sus propias declaraciones se sabe que estuvo casado con una profetisa y tuvo dos hijos.

Hijo de Amos, se le considera uno de los profetas mayores (lo cual depende exclusivamente de lo extenso del libro escrito). Se estima que el ministerio profético de Isaías llegó a durar cerca de medio siglo, desde el año que terminaba Azarías, rey de Judá, posiblemente hasta los tiempos de Manasés. Según los apócrifos Vida de los Profetas (1:1) y Ascensión de Isaías (5:11-14), murió aserrado durante la persecución provocada por el rey Manasés, a lo cual parece referirse Hebreos 11:37.

Isaías fue un firme opositor a la política de alianza de los reyes de Judá con los imperios y llamó a confiar en la alianza con Yahveh. En particular se opuso al protectorado de Asiria que el rey Acaz propició para enfrentarse a los reyes de Damasco e Israel (norte). El rey Ezequías quiso contrarrestar la hegemonía asiria, aliándose con Egipto a lo que también se opuso Isaías, pero cuando las tropas asirias de Senaquerib sitiaron Jerusalén, Isaías apoyó la resistencia y anunció la ayuda de Yahveh y la ciudad se salvó.

Su obra muestra que era un gran poeta, con estilo brillante, precisión, composición armoniosa e imágenes novedosas. Los críticos coinciden en que es el autor de los capítulos 1 a 12, 15 a 24 y 33 a 35 del Libro de Isaías, en tanto que se discute sobre la autoría del resto del libro. Los capítulos 36 a 39 están escritos en tercera persona y posiblemente fueron escritos por sus discípulos.

La segunda parte del Libro de Isaías, capítulos 44 a 55, conocida como Libro de la Consolación de Israel, es muy diferente a la primera y no nombra en ninguna parte a Isaías. El escenario de estos capítulos finales supone que Jerusalén ha sido asolada, el pueblo está cautivo en Babilonia y está actuando Ciro, el Rey persa, cuya gesta causará la liberación de los cautivos. El estilo es más oratorio y repetitivo que la primera parte. El contenido registra una mayor elaboración teológica. Es entonces probable que estos capítulos finales sean obra de un autor anónimo al final del Destierro, después del 560 a. C.. Como dato curioso, en el rollo de Isaías encontrado entre los Manuscritos del Mar Muerto, las dos partes están cosidas y evidencian así una separación previa.

El cristianismo estima que el Libro de Isaías anunció el nacimiento, sacrificio y gloria de Jesús y además, el alcance universal de la salvación por lo que se considera en algunas ocasiones como el “Príncipe de los Profetas”[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Isa%C3%ADas_(profeta)