Dolor

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Cambises, informándose de por qué Psamenito que no se había conmovido ante la desgracia de su hijo ni la de su hija, sufrió dolor tal al ver la de uno de mis amigos: “Es, respondió, que sólo el último dolor ha podido reflejarse con lágrimas; los dos primeros sobrepasaron con mucho todo medio de expresión”.

Montaigne
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 254

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Dionisiaca

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Llegábamos entonces a un paraje en que la espesura de los girasoles nos resguardaba de las miradas de los caminantes y en que sólo quedábamos expuestos a esa otra mirada calcinante y enceguecedora del sol ante la que nos desnudábamos y mientras ella continúa hablando de las mismas cosas yo miraba su cuerpo, analizaba detenidamente esa blancura perfecta, las longitudes armoniosas de esa carne que se estremecía rimando lentamente sus movimientos con el vaivén acompasado de las enormes corolas movidas por la brisa. A veces, con el pretexto de jugar con su gruesa trenza rubia, tocaba furtivamente con las puntas de mis dedos la piel de sus hombros, de su cuello, de su cintura sin comprender que, a ciegas, mis manos entraban en contacto con un misterio supremo, indescifrable en su apariencia de claridad. Schwester Anne Marie se tendía sobre la hierba, abierta como otra flor al sol ardiente y lejano y, mirando pasar las nubes, sus labios acariciaban los bordes de la armónica produciendo canciones sin sentido.

Salvador Elizondo
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 251

Nuevas revoleras

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—Cuando las olas barren la cubierta del buque, también la friegan.

—Pues si alquila a su mujer, es que le tiene cariño, digo yo, pues si no, la vendería.

—Tiene tanta soberbia que hasta que no se acaba la ovación él no empieza a aplaudir.

—Los elefantes chorrean epidermis.

—¿Se sabe si es pecado o no es pecado el comerse las uñas en vigilia?

—Las señoras que dan el pecho al nene, delante de la gente, son señoras que presumen de nene.

—Al que le cayó un rayo y no le pasó nada, fue porque le cayó desde muy poca altura.

—Cuando estoy de visita y sale un perro, cruzo las piernas.

—¿Será que los tartamudos son unos desmemoriados?

Álvaro de Albornoz
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 249

Perro de doble cuerpo

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El perro que guardaba los rebaños del triforme Gerión tenía dos cabezas y un cuerpo, y felizmente Hércules lo mató; el t’ao-t’ieh invierte ese procedimiento y es más horrible porque la desaforada cabeza proyecta un cuerpo a la derecha y otro a la izquierda. Suele tener seis patas porque las delanteras sirven para los dos cuerpos.

Jorge Luis Borges
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 246

Dioses del cielo

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A la izquierda y a la derecha del pórtico de los templos budistas están las gigantescas efigies de los cuatro Diamantinos Reyes del Cielo. El mayor blande una espada mágica, Nube Azul, en cuya hoja están grabados los signos de los cuatro elementos. Tierra, Agua, Fuego, Viento. Desenvainar esta arma es engendrar un viento negro, que aniquila los cuerpos de los hombres y los convierte en polvo. El segundo carga una sombrilla, llamada Sombrilla del Caos, utensilio mágico que, al ser invertido, trae tempestades, truenos y terremotos. El tercero pulsa una guitarra de cuatro cuerdas; cuando el dios la toca, el mundo entero se detiene para escuchar y arden los campamentos del enemigo. El cuarto maneja dos látigos y posee una maleta de piel de pantera, donde vive una suerte de rata blanca, cuyo nombre más auténtico es Hua-hu Tiao; cuando la suelta, este animal asume la forma de un elefante de alas blancas, que se alimenta de hombres.

F. T. C. Werner, Myths and Legends of China (Londres, 1922)
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 245

Coartada

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Mi mundo es confuso, cambia de estación en estación, y no soy maestro del pensamiento. Hacer de mi vida una creación estética y artística es mi ley, mi magia y mi religión. Para lo demás soy un solitario y lo que más me interesa son los sueños nocturnos y mi trabajo. El trabajo me da dignidad, el trabajo me lava de todas las traiciones, de todas las porquerías y de todas las rutinas de la vida cotidiana. El trabajo es mi coartada. Y quizás, ante Dios y los hombres, es una coartada que da buen resultado.

Federico Fellini
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 242