Fiebre

Cerraba los ojos y se le representaban figuras monstruosas, pájaros vivos de plumajes agresivos, picos, crestas, ojos con bolsas, verrugas, medallones de piel colgante, plumas esponjosas de pavos violáceos. Hubiera querido estar inserto en una logia masónica. Levantarse del gran tumulto, de la gran vulgaridad, tomar la hoz con la mano, empuñarla y cortar. Pero todo seguía andando igual, negro, difuso mundo, saturado de rancias costumbres. Generalizada, rubicunda idiotez. Había tratado de interpretar la realidad con los sobres de avión sobre la mesita de luz, los papeles marcando alguna página sagrada de un libro, poniéndose a caminar despreocupadamente por los suburbios del cementerio del Norte como un vagabundo o como una viejita que va mirando el suelo, entre tumbas recién abiertas, montones de tierra, restos de flores secas y cruces en el suelo. Estar inmerso en algo. Un orden superior y dogmático que nada ni nadie pudiera quebrar. Abrió los ojos y comprendió que estaba en el sótano de su casa, todo anegado de agua con un montón de objetos dispares flotando en la superficie turbia, hinchados y descompuestos.

María D. de Guerra
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 451

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Sucedió en el parque

El vagabundo, cansado de la vida, decidió suicidarse en el viejo parque infantil colgándose de un árbol de almendro.

Al otro día los niños lo confundieron con un columpio y se mecieron en él hasta que el cadáver comenzó a descomponerse.

Todavía puede verse el esqueleto blanco del vagabundo pender de las ramas del árbol. Algunos paseantes creen que se trata de una novedosa manera de vender jabones.

Luis Arturo Ramos
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 448

Antepasados

¿Cómo no creer en la veracidad humana de las pinturas rupestres? ¿Cómo negar que esas negras huellas de manos son el primer esfuerzo del hombre por darse a conocer, por dejar testimonio absoluto de que fue… y seguirla siendo? Yo, que estudié esas huellas muy de cerca, con la sonrisa desdeñosa de los que así mismo desdeñan a Sócrates, y la cosquilla incrédula en medio de la garganta, aún siento el ardor de aquel súbito golpe seco; y, por si no me creen: miren mi trasero. Ahí están marcados los cinco prehistóricos dedos. ¿Puedo volver a darle la espalda a esta realidad?

Martha Yera
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 445

Fragmentos de un rompecabezas

Aquel hombre, al terminar de armar el rompecabezas, vio con asombro que en su superficie se reflejaba su cara: había inventado los espejos.

O bien de esta manera:

Aquel hombre, al terminar de armar el rompecabezas, vio con alegría que el cuerpo destrozado de su amigo, volvía a tomar forma por obra y gracia de sus manos.

También podría quedar así:

Aquel hombre armó un rompecabezas en blanco, dibujó su cara sobre la placa y luego la desbarató. Nunca jamás pudo volver a encontrarla. Murió en el anonimato.

Luis Arturo Ramos
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 441

Esperanza

Después de bregar años y años por desfiladeros y precipicios, sufriendo multitud de penalidades y burlando la muerte una y mil veces, llegó a la orilla de aquel río de aguas turbulentas y formidables, las tocó con su vara y éstas se abrieron formando dique a derecha e izquierda; cruzó sin problemas y llegó a aquel país maravilloso; sin guerras injustas, sin abortos, sin crímenes nefandos, sin smog, sin ruidos de escapes y motores, sin carreras precipitadas, sin vendedores ambulantes, sin política, sin líderes ni dictadores, sin… iba a lanzar un grito de alegría, pero alguien le tocó en el hombro y le dijo: “Silencio, has cruzado el río que separa la vida de la muerte”.

Salvador Castañeda Pérez
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 439

Mutación

Un torero, joven, pero ya colocado. Una bailarina de flamenco, joven y principiando. Matrimonio feliz. El mozo de estoques que grita: “…señora, dice el señor que no va a esperarla todo el día…” Cinco años después: Ella es la estrella de un tablao… su “secre” grita: ”…señor, dice la señora que no va a esperarlo todo el día…”

Paco Malgesto
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 429