Emma Yanes Rizo


Emma Yanes Rizo (1961). Nació en la ciudad de México el 15 de enero. Realizó los estudios en historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. Es investigadora de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Ha colaborado en revistas y suplementos como Nexos, Ojarasca, Punto, Libreta Universitaria, Historias, Quipu, México Indígena, “La Cultura en México”, y otros.
Emma Yanes Rizo, periodista e historiadora, ha publicado cuento, ensayo y poesía. Cuentos de nadie recoge y repite las leyendas de Puebla, cuyo interés principal es mostrar parte de las tradiciones y costumbres de ese estado. Su lírica profundiza sobre sus encuentros amorosos y expresa franca y abiertamente las experiencias sexuales con el amado.[1]


[1] M. Ocampo, Aurora, Dir., Diccionario de escritores mexicanos. México, UNAM, 2007, p. 383

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Libertad

…Aisha, la esclava, nunca supo como nació en ella el deseo de libertad. La presencia inquietante, la figura de aquel cantor, evocó ante ella, mágicos, lejanos, perdidos paraísos… Burló la vigilancia del eunuco, corrió por el jardín eludiendo guardias y lebreles, ebria de vientos se detuvo al fin, jadeante, ante el cantor y ahí quedó muda y estática: El evocador, el hacedor de libertades permaneció inmóvil, sujeto por larga, dura, increíble cadena. Era esclavo.

Emma de Yánes
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 312

El culpable

Llegó muy acalorada de hacer sus compras, acomodó la carne y las verduras en el refrigerador y se sentó a descansar en la sala. Y entonces se dio cuenta, así de repente, que ya había leído tocas, absolutamente todas las novelas de Ágata Cristie. Una agobiante sensación de soledad y desamparo se apoderó de ella. Y ni a quién echarle la culpa. ¿A la editorial? ¿A los de la Librería de Cristal de a la vuelta de su casa?

Se quedó terriblemente quieta mientras en su interior bullían de súbito y al mismo tiempo más que recuerdos, evocaciones tenues y frágiles: sus miedos de niña, sus insomnios de adolescente, sus frustraciones de juventud, los encabezados de los periódicos.

Se levantó tarareando Love is Blue, se colocó con mucho arte una peluca rubia, cambió radicalmente su maquillaje, se colocó un par de guantes viejos y buscó en el buró de su marido, hasta encontrarlo, el veneno que éste usaba para lavarse los pies, como parte de un tratamiento que seguía para combatir el pie de atleta.

Pero entonces titubeó. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿A quién? Además esa noche tenía invitados a cenar. De inmediato sus ojos se iluminaron, nuevamente confiados y serenos. Se sentó y escribió a máquina una nota, por supuesto anónima, a renglón abierto y con mayúsculas sostenidas en la que le mentaba la madre, con palabras decididamente folklóricas, a la persona que recibiera la misiva. La dobló y la guardó en un sobre que dirigió a conocido financiero. Cuando fue por el pan la echó en el primer buzón que encontró. Esa noche quiso mucho a su marido.

Ana F. Aguilar
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 297

Carmen

La mujer dio vueltas y vueltas a las perillas de su aparato, al cual la imagen no quería regresar.

—¡Extraño suceso! ¡Y terrible a la vez! ¡Precisamente cuando me disponía a ver mi programa de risa!

Le dio una vuelta más, y la visión regresó. La mujer se puso contenta.

En la pantalla se veía una familia, con los ojos muy abiertos, que la observaba atenta y divertidamente.

—¡Raro! —dijo— Antes este aparato no tenía visión de colores y ahora lo tiene.

Al oír esto, la familia rió.

La mujer había dejado la mano sobre una perilla. Cuando se vio la mano, el cuerpo, y observó que ella, y toda su alcoba estaban iluminadas en blanco y negro, lanzó un grito de horror.

La familia se rió.

Diego Jáuregui Prieto
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 257

Historia de ojos

En el fondo de la pupila había algo pegado, algo así como una brusca, cuántas veces, caray, había tenido ganas de decírselo, pero no, que si el concierto es a las nueve, que si está limpia la camisa blanca, que si los zapatos deben estar brillantes, y los chiquillos correteando, mojado todo el cuarto y de repente, zás, un chorrillo de agua en plena cara o en las piernas y claro, parecía como si se hubiera orinado y entonces se reían, y se reían, , y tenía también que reírme y luego raspaba y raspaba tratando de quitar la manchita, la brusquita del fondo de la pupila, recuerdo que me había dicho “debe estar limpia, cuídala, siempre debe estar brillante”, (la lámpara de Aladino, pensé yo), y froté, mil veces froté y de pronto descubrí la rayita en el ojo, y el ojo me miraba, subyugantemente y me gustaba mirarme allí tan brillante, tan alargado a veces, tan lleno de ángulos insospechados como los de los santos antiguos, antiguos si, eso era, los cordones eran antiguos y claro, no irían con los zapatos, y el concierto a las nueve, como de costumbre uno corría, sudaba, trataba de estar listo, almidonado, duro igual que los puños de la camisa, igual que la corbata, tieso, y los polvos se pegaban a la cara y entonces había que raspar y raspar, con toda la fuerza de que disponía raspaba hasta sentir que la muñeca dolía y un placer inaudito se entraba en el cuerpo y no sentía entonces el dolor ni el vértigo en las piernas, los músculos se abrían dulcemente y me acercaba a ese ojo brillante, maravilloso que atraía terriblemente como si realmente estuviera iluminado con miles de luces, como en una cinta sin fin, todas las lucecitas alineadas como si fuera una carretera larga y oscura, oscura, larga, la noche sería igual a tantas otras noches de concierto y tus ojos serían pálidos y frescos y luego dirías qué bueno y estarías en silencio el resto de la noche, en un silencio espeso mirándome siempre, mirándome como ahora, como me has mirado desde hace un año, como seguramente me mirarás toda la vida, con ese ojo grandote, iluminado, con una brusca al fondo, mientras yo raspo y raspo y voy acercándome al ojo y la pupila expele sus brazos metálicos y estoy atrapado, igual que ahora, para siempre.

Bertalicia Peralta
No 41, Marzo 1970
Tomo VII – Año V
Pág. 272