Interdicción de crecimiento

“Mi cicerone me condujo enseguida hacia una grieta de la cual se afirmaba que era el famoso “foso de los leones” del profeta Daniel; en el borde de la grieta me señaló también su tumba. Estaba construida, según la tradición mahometana con adobe y tenía la forma de un ataúd de aproximadamente ocho metros de longitud. A mi pregunta porqué el ataúd era tan enorme, me contestó el guía con toda seriedad que Daniel había crecido en su tumba y que había sido necesario alargarla de tiempo en tiempo.

—¿Crece aún el profeta? —pregunté.

—¡No, eso lo han prohibido los rusos!.”

Gustavo Carlos Baron de Mannerheim
en: Memorias del Mariscal Mannerheim
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 544

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Los que empedraron el camino

Era una editorial de buenas costumbres, hija de una familia decente y respetable. Su único capital, heredado desde el Apocalipsis y acrecentado a través de generaciones, era inteligencia y buena voluntad. Anhelaba la paz entre los hombres —el entendimiento y la tolerancia— y eso que no era época de Navidad ni había estadistas en su staff.

Decidieron entonces organizar un Concurso. El público respondió como un solo hombre, todos, absolutamente todos los que sabían leer y escribir en ese país quisieron participar: profesionistas, hombres de negocios, amas de casa, empleados, estudiantes, obreros, maestros; los de derecha, los de izquierda, los del centro, los de arriba, los de abajo; la clase media, los ricos nuevos, los viejos pobres, el poder juvenil, los burócratas, los extranjeros; los satisfechos, los añorantes, los ofendidos, los ociosos, los ilusos, los rebeldes. Todos se pusieron a escribir y enviaron sus múltiples y variadas contribuciones al Concurso.

Simultáneamente algo inusitado empezó a acontecer en todo el país. La gente estaba menos irritable y tensa, esto saltaba a la vista en las calles, las tiendas, las oficinas públicas. Todos parecían más relajados. Y los psicólogos, psiquiatras y demás directores espirituales empezaron a quedarse solos. El servicio de correos triplicó sus turnos y las papelerías se volvieron el negocio más próspero. La gente tomó un aspecto muy curioso: se veían vacíos, limpios de inhibiciones, resentimientos, obsesiones y deseos frustrados. Las estadísticas señalaron una baja notable en los actos de violencia pública y en el ámbito privado disminuyeron a lo mínimo las reyertas conyugales y demás fricciones de índole familiar.

La editorial estaba en el apogeo de su actividad y de su gloria profesional, no importaba el trabajo y el sacrificio que esto implicara mientras así vieran colmados sus más caros anhelos espirituales. Sin embargo, una extraña descomposición empezó a hacer presa de ella. Tal parecía que todas las angustias y tensiones, recuerdos y vivencias de que se habían librado los participantes del Concurso los habían asimilado de tal modo los encargados del mismo que los hicieron suyos durante la lectura y clasificación de los trabajos. Y ahora, más que en carne en alma propia, un solitario grupo humano sufría las consecuencias; el peso fue demasiado y el flujo y reflujo de imágenes más que incontenible era insoportable. En realidad no renunciaron en masa, se los llevaron a todos a una casa en el campo. La editorial cerró el Concurso y entregó el premio, como donativo, a la Asociación Nacional de Salud Mental. Los habitantes del país se fueron olvidando del mal hábito de escribir. Y la pátina del tiempo y el polvo hicieron el resto.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

La prostituta

El cigarro se apagó entre sus dedos tensos y melancólicos. La prostituta sacudió los recuerdos que la aligaban a la virginidad, a los días miserables y solitarios de parir rezos y contar miedos. Sonrió con la conformidad de los vencidos y los ojos miserables y violados mil veces relataron historias llenas de tristeza y odio. Fúnebres cuentos para niños malvados.

Recorrió la noche en busca del final, a través de mustios pasados. Sintió miedo de parecerse a la madre que jamás la besó, de tener en sus labios el sabor de otros tan bestiales como los de su padre o de merecer el amor de un hombre.

Un frío anhelo llenó su pecho, anidó en su vientre, fecundó sus manos. La navaja cortó inflexible los hilos de su vida, la sangre bañó su ropa, descendió por la calle, se mezcló con el agua y con la tierra, eternizó los núcleos de energía.

Cuando llegó el final la mujer-vacía-muñeca-rota-niña-estúpida tenía en los ojos un manantial de estrellas y en los labios una dulce y postrera identificación de dicha.

Belinda Arteaga Castillo
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 525

Preludio y fuga

La demostración que hice de mi poder extraordinario al poder elevar en posición horizontal, a cualquier persona elegida entre los espectadores que concurrieron al teatro aquella mañana, estaba a punto de constituir para mí el inicio de una carrera triunfal, pero la voracidad enfermiza que padecen los empresarios, de explotar a un artista que puede ser notable, rompió mi concentración cuando me propusieron contratos por sumas más altas que aquella de la cual cayó la persona que se prestó al experimento. La caída causó su muerte y la sentencia que me condena a muchos años de prisión.

Durante seis meses, noche a noche, he practicado la levitación desde mi camastro hasta el techo de la celda… Uno de estos días, cuando a la hora del descanso nos lleven al patio, me escaparé.

Roberto Bañuelas
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 491

El día perdido

Hoy fui a devolverle su paraguas a una amiga de por mi rumbo, no estaba, lo dejé con su sirvienta pero ésta no me reconoció, lo tomó de mis manos con desconfianza y vio a través de mí como si yo fuera transparente, me eché a caminar por la calle desconocida y familiar, dos, tres cuadras, luego una a la derecha, cruzo la avenida y doy vuelta a la izquierda pero allí no está mi casa, son la calle y los árboles de siempre, los mismos perros, el mismo aire, tal vez ya no sea la misma, sigo caminando y paso frente a la casa que no es mi casa, todo se ve en orden, el tapete del baño se seca en la ventana, llego al parque, lo atravieso, alguien me llama y volteo, es una vecina que se equivocó y se disculpa sonriente y apenada, Ana había dicho y ese es mi nombre, la conozco, vamos a la misma clase de cocina. Entro a la tienda de la esquina para comprar una lata de chícharos y salgo con una cajetilla de Raleigh, no me entendieron. Extiendo mis manos y la luz del sol hace brillar mi argolla de matrimonio, hago el intento pero no puedo recordar a mi marido, tan lindo y tanto que lo quiero, todavía esta mañana, a la hora del desayuno… es inútil, mejor sigo caminando. Definitivamente hoy no soy yo.

Ana F. Aguilar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 515