Dios sabe lo que hace


Dios sabe lo que hace, y por eso la criatura nació ciega, pero Dios sabe lo que hace y creció fuerte y sana, no tuvo tos ferina ni bronquitis como los otros hijos; el mayor a los veinte y pico ya era un borracho, cometió un crimen y fue a parar a la cárcel ; la niña creció , se volvió señorita, se casó, traicionó al marido, lo abandonó, se volvió prostituta; el ciego tenía buen oído y aprendió a tocar guitarra y, a los quince años, ya tocaba guitarra como nadie, un verdadero artista, porque Dios sabe lo que hace y todo en este mundo tiene su compensación, y así, mientras el hermano estaba en la cárcel y la hermana en el burdel, el ciego fue adquiriendo nombre y dinero con su guitarra y su oído, que era mejor que el oído de cualquier persona normal, y los padres que eran pobres y muchas veces no tenían que comer, tenían ahora el dinero suficiente para darse el lujo de comprar un radio, donde escucharon la transmisión desde la ciudad vecina del programa del “Mozart de la guitarra” como lo bautizara el director de la banda musical local que, tan pronto conoció al muchacho, se convirtió en su empresario, dejando la banda para revelar a las cuatro esquinas del mundo al más grande genio de la guitarra de todos los tiempos, hasta que un día desapareció por las cuatro esquinas del mundo con el dinero de las presentaciones, pero Dios sabe lo que hace, y si el empresario huyó, una linda chica se enamoró del muchacho y prometió hacerlo feliz para toda la vida, y así, mientras los dos, casados y viviendo en una modesta casita eran felices, la hermana, que era el burdel y el hermano perfecto y buen mozo salió de la cárcel, no encontró trabajo y vivía a la buena de Dios, hasta que conoció a la mujer del ciego, y se enamoró perdidamente de ella; el ciego tocaba lo más alto posible para no escuchar los besos de los dos en la sala hasta que las cuerdas reventaron, hasta que él se reventó el oído de un balazo.

Luis Vilela
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 31

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La novela

Estoy leyendo la novela que me prestaste, Saúl. La comencé ayer. Los personajes me saltan a los ojos y descorren sus teloncillos. Me estampan sus aconteceres; cada uno con su modalidad y su imagen. La novela, como un conglomerado o un mosaico, esta aquí, entre las páginas con letras pequeñitas. Me es imposible detenerlas en su infinito caminar de hormigas negras. Me dan ganas de comérmelas ¡Sí!, las mastico; lentamente para sentirles mejor su sabor. Que qué sabor tienen? Pues a palabras… ¿Nunca comites palabras? Probalas, te van a gustar.

Esta es una novela (o acaso LA novela), sabes? Me gusta esa palabra: no-vela. Tiene tanto sentido! Además me gusta la trama. Y te digo: al autor lo siento un poco como a mi otro yo. Es mi prójimo ¿entendés? Me encantaría verlo surgir al otro lado de mi mesa dibujada la cara, recortados los hombros, e pelo… Verle la corbata y alargando la mano tocársela… Ayer empecé a leerla y te digo que me ha atrapado. Me fascina vivir su drama; hasta me siento un personaje más. Pero te prometo una cosa: la dejaré inconclusa. No quiero conocer el final. Las novelas no debieran tener al final del último capítulo esa horrible palabrita “Fin”… Porque cada novela es una gran parte de otras: todas son piezas sueltas de una GRAN novela que todavía nadie escribió. Yo he escrito novelas, lo sabes, Saúl. ¡Cómo he amado sus personajes! Los he vestido y desvestido. Los he amasijado sin piedad y los he golpeado haciéndolos caminar en plena noche llenándoles con el pánico de crearles un mundo deshabitado. Los personajes mas apasionantes son aquellos que corren desorientados por rutas oscuras, se caen, se lastiman, gritan, huyen despavoridos… Jamás encuentran una salida a sus conflictos y nunca pueden morir. Se quedan ahí, entre los capítulos, sin final ¡Atrapados en un túnel sin tiempo!

Mi novela soy yo. Yo me escribo los capítulos, describo los lugares donde me muevo… ¿Qué pasaría si a esta novela le arrancara varias páginas y las quemara? Luego continúo leyendo. Jamás le hallaría un sentido ni lógico ni estético. ¿no te parece? Los personajes no se podrían enganchar los unos en los otros. Tal vez algún nombre se perdería y nunca llegaría a saberse de dónde vino ni cuál era su origen ni qué hizo antes referido al personaje tal o cual…

Bien, mi novela acabó. Eso no quiere decir que la novela concluyó o quedó en claro el nudo del conflicto ¡qué va! Ahora es mi turno. Me enjuagaré las manos, meteré todos los personajes en el lavabo, les pondré bastante jabón y detergente y los dejaré en remojo por varios días… ¡No tengas miedo! Son de plástico ¿no viste? Después, ¿qué pasará? Bueno…, no se si habrá después…

Silvia E. Salomón
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 28

Would-be genesis

… y al séptimo día descanso, ocasión que fue aprovechada por sus competidores para lanzar una serie de universos considerablemente más eficientes, económicos y mejor empaquetados que generaron una demanda fulminante y que lo sorprendieron, al despertar, con la novedad de que lo habían desplazado del mercado.

Guillermo Farber
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 27

La ruleta rusa

Mientras operaba a su paciente pensó en la ruleta rusa. Había una relación entre ese hecho y el juego de la muerte pero no alcanzaba a definirla. —No —se dijo: las leyes de juego son muy diferentes. En la ruleta rusa el primer jugador sólo tiene una fracción del azar en su contra, el último, sólo una fracción a favor: éste opta simplemente entre si o no. El tumor tenía más ramificaciones de lo esperado: se perdía en la zona prohibida. La posibilidad de sobrevida disminuía a cada instante. Antes del quirófano pensó en cinco años. Ahora rebajaba: cuatro, tres, dos años. Quizá sólo seis meses: “Lo necesario para contar el cuento” —se dijo. No. no era el caso de la ruleta rusa. Comprendió que tampoco tenía sentido especular con el tiempo: se trataba de la conducta.

El filo interesaba centros vitales. —“No debía haber operado” —se confesó. El enfermo podría recuperarse pero quedaría sin timón, como un barco al garete. Vio la escena de Frankenstein que tanto le había impresionado en el cine: el monstruo arrojaba una flor al estanque y la seguía con la vista hasta que desaparecía de la superficie. Enseguida tomaba a una niñita y hacía lo mismo.

Siguió cortando. Era allí, en el lóbulo, donde la computadora tenía la cinta tenía la cinta grabada con las pautas de la conducta. Ahora podría resultar cualquier cosa. Volvió a pensar en la ruleta rusa y vio que no había diferencia: —“Soy apenas el ejecutor del azar” —se dijo, —pero eso no le produjo alivio.

La operación fue exitosa. Sus colegas le felicitaron. Apareció su foto en los periódicos. Su fama se extendió rápidamente. En un simposio mostró las fotografías sobre el caso y dictó una conferencia.

Seis meses después, el paciente, totalmente recuperado, se presentó en su consultorio. Quería testimoniarle su agradecimiento. El médico, confiado, sonriente, le extendió la diestra pero no pudo atajar el balazo. Antes de expirar pensó en la ruleta rusa: sí, había una pequeña diferencia. Él apretó el percutor hacía ya un largo tiempo y recién ahora salía la bala.

Jorge Alberto Ferrando
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 26