Listo

A mis espaldas han llegado unos pasos que no conozco. Una voz se impregna en mis oídos. Me vuelvo distraído, simulando indiferencia.

Ante mí un hombre se limita a mirarme. No recuerdo haberlo visto nunca. En sus manos una carpeta de piel negra y arrugada. Por varios minutos el silencio. El hombre ha levantado el labio superior y de su garganta vuelve a salir punzante, adolorida, la misma interrogante:

“¿Estás listo?” “Sí”, respondo. Ahora es el hombre el que se vuelve. Hace unas cuclillas y se aleja. Lo veo perderse en las sombras. Miro al cielo donde se apagan las estrellas y repito: “Sí, estoy listo”. Después, con el silencio de la noche, me voy a casa.

Holmes Ocaña González
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 447

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La creación

En el quinto día de la Creación había luz, estrellas, planetas, agua, plantas, animales… Dios, inconforme con su obra, decidió destruirla: el sexto día creó al hombre y, desde el séptimo, descansa observándonos.

José Luis Hernández Marín.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 437

El camafeo


El camafeo tiene partes movibles en la cara. Todas desempeñan el mismo papel. El camafeo es pesado. No es algo que pueda usarse en un vestido. Se ve mejor en algún lugar en donde uno colocaría un reloj de pared; por ejemplo, en la repisa de una chimenea, con un fuego de troncos abajo, lo que imprimiría al dramático mecanismo un pathos doméstico.

Cuando al camafeo se le mira correctamente, las partes actúan de esta manera: El y ella están caminando a lo largo de la parte superior de un acantilado. Uno puede sentir el césped yesoso primaveral y hacia la izquierda se abre una gran extensión de precipicios. El horizonte parece interminable. Los dos caminan lado a lado, silenciosos, sin tocarse. Ella da un paso hacia la derecha, más allá de la orilla del acantilado. Él, intentando detenerla la agarra por el brazo, pero su ímpetu los hace caer hasta un banco de arena verde a escaso medio metro más debajo de la cima del acantilado. Él casi le ha zafado el brazo al tratar de salvarla. Ella se queda y mueve el miembro engarrotado, gritando y acusándolo. Él inclina la cabeza sobre sus brazos. Él también llora.

Su mecanismo no requiere de ningún cuidado. Es automático. Puesto en un marco de plata, puede llevarse al camafeo de cuarto en cuarto. Pero el camafeo prefiere el cuarto de estar, el fuego de la chimenea, las risas y una agradable compañía que ondule las cortinas de damasco.

El camafeo maravilla a los niños y los adultos están orgullosos de él.

Brian Swann (traducción de María Rosa Fiscal, en “El Heraldo”
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 436

Los microsabios

En cierto lugar del universo existe un planeta habitado por seres tan gigantescos, que nuestro mundo cabría varios millones de veces en la palma de la mano de un de ellos. Pero sólo viven cien años, cuando más. Por eso no han podido descubrir el secreto que nosotros conocemos y que nos permite ser inmortales, a pesar de estar tan chisgarabitos.

Amós Bustos T.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 434