Prefacio al preámbulo de un cuento

Me veo en la penosa necesidad de contarles un cuento. Un cuento corto, pero eterno… Un cuento de alboroto, donde haya mucho silencio.

Prefiero no ser inoportuna en esos momentos; y por consecuencia les pido si quieren no guarden el silencio requerido, o el suficiente para oír. Si tiene algo pendiente, puede lavarse los dientes y al mismo tiempo prestar atención.

Me pidieron, ahora lo recuerdo… un cuento que dure el amanecer, sin tema, sin profundidad, y con un poco de letras que unidas formaran unas dos o tres palabras, para que así lo puedan leer. No recuerdo qué tipo de fábula o anécdota me pidieron, existen heroicas, dulces, o bien las melancólicas.

Ahora que pronuncio las últimas palabras del prefacio de éste cuento, olvidaba que entre mis manos ha escapado la idea de lo que les quería yo contar. Más prefacio se queda, y al mismo tiempo cuento puede ser. Sería entonces el cuento del poeta que escribía el prefacio de su cuento, y que al amanecer volaron las ideas; y si algún día tú recoges una de éstas, diviértete con ella, podrás hacerla escultura, o bien traducirla en música o utilizar la hoja y el tintero…

Y cuando el poeta del prefacio de este cuento, sepa que sus ideas no se olvidaron, podrá seguir escribiendo o más bien escribir el cuento del preámbulo, que ahora ya está hecho.

Diana Gutman G.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 433

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Mala suerte

Era un gran historiador. Vivía sumido en sus estudios, sumergido en el polvo de los archivos, entre vetustos documentos. Un día decidió dejar todo, y penetró en el pasado. Mas allí le disgustó la falta de higiene y de comodidades adecuadas, así que se trasladó al futuro. Desgraciadamente tuvo mala suerte. Apenas llegó, fue muerto por la explosión de una bomba atómica.

Juan de Wyskota Z.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 427

No somos nada

—Guardar tanto libro, estudiar tanto —repetía el gringo Ebers, cada vez más atónito, mientras la patrulla leía títulos y el jefe dictaminada para que vengan cuatro milicos a quemar lo que quieran, y todavía cuadrándose, a cada veredicto, a la orden cabo Gutemberg.

Juan Armando Epple
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 426

Labor cumplida

Reían. Mirándose brindaron. Tintinearon los cristales. Histéricamente desesperados se abrazaron. La poción desgarró sus gargantas. Un inmenso estremecimiento los desplomó espantosamente. Sus monumentales cuerpos desnudos rodaron sobre la cálida alfombra verde y las seis caras convexas de la alcoba giraron vertiginosamente en la pantalla espectral de sus cuatro vistas haciéndoles comprender que sus indóciles vidas habían sido un quimérico caleidoscopio de parpadeantes estrellas y fosforescentes lentejuelas en las que todos los espacios se apretujaban tenazmente formando pequeñísimos puntos que agregados componían inconmensurables planos esféricos unidos entre sí hasta constituir verdaderas moles informes sobre las cuales se descargaban caudalosamente los colores como lluvia celeste de goterones terriblemente hermosos y que el tiempo fue sólo una rueda loca sin eje en donde todos sus calendarios se repitieron sin descanso mordiéndose la cola como un mitológico monstruo de múltiples cuerpos con una sola fauce por la que pasaban navegando a través de los limosos océanos de la fantástica baba burbujeante sus inclementes años fastidiosos compuestos por la gigantesca sumatoria de fracciones infinitésimas de segundos acumulados en el círculo milenario de caóticas vastedades temporales. Una insistente melodía entorchó el ambiente. Entró y calló al picot. Cerró los vidriosos ojos. Recogió las copas. Salió complacido. Reía.

José Cardona López
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 425