No tengo problemas sicológicos

Mi amigo Estanislao toma muy en serio su trabajo de sicoterapista; siempre anda en busca de las desviaciones mentales de todo el mundo, especialmente las de sus amigos. Bondadoso como siempre, ya me ofreció su ayuda para resolver mis “problemas sicológicos”.

—¿Pero cuáles problemas sicológicos? —le pregunté. —si yo no tengo ninguno.

Pero Estanislao insiste; se empeña en que yo he de tener algún problema oculto. Como no quiero ofenderlo, para seguirle la corriente le voy a confesar que estoy apasionadamente enamorado de una joven y esbelta yegua, y que mi problema es que siento ansiedad por no saber si mi amor es correspondido. Y también que al entrar en la casa me siento compelido a dar nueve vueltas en redondo y tocar la perilla de la puerta con la punta de la nariz.

No crea que todo esto sea cierto; claro que estoy exagerando para seguirle la corriente a mi amigo Estanislao. En realidad, no doy más de cinco vueltas y la yegua no es tan joven.

Ramón González
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 651

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El sueño

Durante toda su vida le acompañó el mismo sueño. Se soñaba en la azotea de un alto edificio, subía a la cornisa y se arrojaba al vacío. La sensación de caída le proporcionaba un placer doloroso, pero invariablemente, antes de estrellarse contra el pavimento despertaba. Sin embargo, una noche no despertó a tiempo y se estrelló.

Cuando los ambulantes recogieron su cuerpo, ni siquiera se dieron cuenta de que todo era un sueño.

Héctor Canales G.
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 647

El brindis


—Señores, es realmente lindo. También sé que es emotivo. Sí, amigos, quiero decirles que sí, quiero decirles que hoy puedo decirles a ustedes: sí, amigos, he crecido por qué. Porque me siento realizado, porque realmente he comenzado a latir con mi propio pulso, o sea, que, es decir, he tomado conciencia, esto es, he tomado conciencia, he concientizado. Me asumí. ¿Vieron? He concientizado las potencias yoicas. ¿Viste? Asumir la realidad, amigos. Tal cual. Lo que corresponde. Se terminó para mí el abismo generacional, la confusión, el estar mal instalado en la vida. Por eso, amigos míos, mis queridos amigos, levanto mi copa, hoy, al cumplir ochenta y tres años.

Isidoro Blastein
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 643

La fuente de la eterna juventud


Y cuentan que don Gonzalo Fernández de Vivar y Montero, durante la conquista, buscó afanosamente por estas tierras la fuente de la eterna juventud. En medio de los pantanos, en la selva, en los páramos, registró el aire, oteó el lugar donde nacen las aguas, investigó de boca en boca las viejas leyendas. En su caballo pinto vagó muchos años por esos lugares hasta que un día percibió un pequeño cambio: algo así como un anuncio, como un signo. Una transformación del aire, del color de los árboles, del olor del agua. Avanzó hasta un claro del bosque y presenció un espectáculo que lo dejo maravillado. Un tigre, corpulento y feroz, rugido manchadoanaranjado, las garras poderosas y fuertes, el ojo girando, buscando el colmillo dónde hincar y destrozar, frente al enemigo que lo esperaba sereno con un algo de quietud en el cuerpo. El tigre gigantesco dio un salto en el aire, rugió, cayó levantando la hojarasca, viró presto a continuar el ataque, hasta que sintió el feroz golpe, la mortal desgarradura, la sangrienta herida en el vientre. La libélula había hecho presa de él, le había dado el golpe mortal y el tigre empezó a morir bajo la vibradora luz de sus alas. Don Gonzalo acarició su barba de 95 años de longitud, espoleó su caballo y penetró en la floresta húmeda. Y aquel día de gracia de San Martín, en medio de frescas hierbas, con pájaros dorados dando vueltas de carnero en el césped, con roedores de ojos plateados durmiendo la siesta en sus orillas, encontró la fuente de la eterna juventud. Bajó de su caballo pinto y, tembloroso, hincó la rodilla en tierra, declarando esa fuente propiedad de Fernando e Isabel de Castilla, sacó de su armadura el gran escapulario obsequio del Papa, penetró en la fuente, avanzó mientras entonaba cantos de alabanza a Dios y a María Santísima y murió ahogado en las turbulentas aguas.

Jairo Aníbal Niño
No 79, Septiembre 1977-Marzo 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 641