Los perros rabiosos


De los perros rabiosos de Su Excelencia el Presidente nadie tuvo conocimiento alguno de su existencia, hasta el día en que comenzaron a entrarse a las plazas públicas, a las universidades, a los ranchos, a las fábricas, y lo destrozaban todo, lo saqueaban, lo ensangrentaban y dejaban sus muertos en las calles, en los calabozos, en los ríos, en los caminos; por allí los dejaban: por todo el país regados.
Verdaderamente sus perros estaban rabiosos, pero él nada hacía por contenerlos, hasta que los hombres se cansaron de sufrirlos y tuvieron que echar montaña arriba a criar sus propios perros que eran también como los de Su Excelencia, pero los mantenían amarrados y alimentados con todas las cosas que de la ciudad traían los fugitivos; con eso los alimentaban hasta cuando llegó el día que los soltaron y a mordiscos, rabiosos, se tomaron la Capital.

A Su Excelencia yo mismo lo busqué, lo rastrié con mis perros hasta que lo encontré rodeado de los suyos, le metí todos los tiros de mi pistola en su cuerpo, y luego me senté a verlo revolcarse agónico en el suelo, hasta que al fin su último perro rabioso, el más fiero y viejo, terminó por morírsele ahogado en el corazón.

Carlos Bastidas Padilla (del libro “Las raíces de la ira”)
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 376

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Las leyes del progreso

—Tiene suerte de que lo hayan detenido en Valdivia —el gendarme encaminaba, orgulloso y afable, al profesor de Estética (ahora ex profesor), por galerías blancas, de barrotes lucientes, donde las celdas nuevas comenzaban a llenarse con los prisioneros políticos— una ciudad progresista como ésta, con dos universidades, merecía tener una cárcel a su altura.

Juan Armando Epple
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 373

Una mala costumbre

En el Metro, el hombre se sienta junto a Irene y lee su libro. Ella, discretamente, trata de ver qué lee y se asombra al ver cómo letra tras letra, palabra tras palabra, frases enteras saltan a los ojos de aquel desconocido. Y conforme va leyendo, las hojas del libro quedan en blanco. Al sentir las miradas, el hombre fija sus ojos en ella.
Primero son los senos, luego las piernas, después la cara, hasta que la bella Irene desaparece por completo en lo profundo de las pupilas de aquel extraño.

Amós Bustos T.
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 373