Aristotélica

Un siglo después que Zenón lo condenó a ir tras la tortuga, el divino Aquiles por fin logró alcanzarla en los esteros del río Heráclito. El desesperado quelonio, siguiendo las costumbres de su especie sólo buscaba con desesperación el mismo lugar de su nacimiento para desovar.

Jorge Raúl Gasca
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 51

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Armónicos disonantes

Dos hermanos, perfectamente gemelos, pasaron del tedio a la densa confusión en que vivían al odio por el extraordinario parecido del que eran accidentales víctimas cromosómicas. Llegaron al extremo de increparse por el espacio que cada uno ocupaba, por enrarecer el aire al respirar o por gastar a los objetos con la mirada. Sin más diferencia que la de sus nombres, un día determinaron anularla en un acto de suicidio que jugaron a la suerte. A la postre nadie supo ni siquiera el sobreviviente, cual de los dos había sido el muerto.

Roberto Bañuelas
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 48

Amor por correspondencia


El amante salió de viaje cuando a su amor lo volvió monótono la rutina. Un día después de partir envió una carta a su amada. “Te extraño mucho”, le decía. Al día siguiente le mandó otra. “Te juro que estoy arrepentido de haberme alejado de ti”. Al otro día volvió a escribir. “Te prometo amarte eternamente…”

Con la distancia su amor renació. A cada nuevo día correspondía una nueva carta más apasionada que la anterior. La última carta fue tan ardiente que hubiera conmovido a una piedra. “Se me hacen siglos las horas que faltan para regresar a tu lado”, decía la posdata. La tarde que regresó al pueblo lloró amargamente al enterarse que su amada se había casado con el cartero.

Jorge Borja
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 47

Circe


Cuando llegué a la isla, y sabiendo mí destino, quise ir a su casa a buscarla. Yo, en la playa, rogaba a los dioses por mirarla lo más pronto posible. Odiseo, el más astuto de los hombres, me puso a la cabeza de la expedición. Llamándome aparte, me recomendó un gran cuidado. Yo le dije que sí; pero él sabía desde hacía mucho tiempo mi cruel hado. Pero, ¿Quién tiene la culpa de mis errores? Los dioses han trazado mi vida como una flor desgarrada. Ellos, más que este frágil vaticinio, son culpables del infierno que he vivido. A lo lejos, detrás de la arboleda de los robles, se mira en un límpido valle, la casa de piedras pulidas de la diosa. Camino más rápido que mis compañeros. Las últimas ramas del sol acarician mi rostro como los dedos de la mujer amada. Estoy solo; nunca he estado más solo en esta tierra. Hoy enfrento al fin mi condición definitiva. Atravieso la arboleda de los robles y los leones y los lobos anuncian mi llegada a la mujer del sueño. Recargada en la puerta, ella, la diosa, me repite: “Oh Laertes, te esperaba, es inútil, la cabeza de Odiseo, será hoy la cabeza de la piara”

Marco Antonio Campos
No 95, Noviembre-Diciembre 1985
Tomo XV – Año XXI
Pág. 45