La competencia

Detuvo su alocada carrera para descansar unos instantes. Trató de detectar la cercanía de algún otro competidor, pero los impulsos de su larga cola le habían proporcionado, casi desde la salida, una cómoda ventaja sobre los demás. Se sintió orgulloso de su apéndice, más largo y flexible que el de todos los de su generación. No en balde se había pasado prácticamente toda su vida ejercitándose y preparándose para la gran carrera.

Mientras reanudaba su camino, un poco más tranquilo, no pudo evitar un estremecimiento al recordar que, después de todo, se acercaba al final de su vida. El objetivo final de la carrera era la muerte. Lo sabía, como todos, desde su nacimiento y había sido preparado para aceptarlo. Sabía también que para el triunfador de la carrera estaba prometida la otra vida. La vida eterna, según algunos. Una vida en otra dimensión, en otro universo, radicalmente distinto e imposible de imaginar, según otros. Una vida en la que seguiría siendo el mismo, pero a la vez sería otro, algo que no comprendía del todo pero deseaba creer.

Seguía nadando a toda velocidad y de pronto supo que estaba frente a su objetivo, aunque nunca antes lo hubiera conocido. Tal como decían las tradiciones, ahí estaba el pequeño agujero luminoso, justo del tamaño adecuado para que pasara por él. Pero ¿qué habría más allá? ¿Era posible que miles, quizá millones estuvieran condenados a muerte y sólo uno —el mejor— pudiera pasar? ¿Había realmente otra vida o, al revés de lo que se le había enseñado, sólo el mejor debería morir para que los demás sobrevivieran?

Mientras se debatía en la duda, un grupo de competidores se le adelantó. Uno de ellos, sin pensarlo mucho, se lanzó de cabeza al agujero y la luz desapareció. Sin embargo, el espermatozoide todavía pudo darse cuenta, antes de morir con los demás, que la cola del ganador no podía compararse de ningún modo con la suya.

Luis C. A. Gutiérrez Negrín
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 34

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Teoría y práctica de los viajes en el tiempo

Cuando se da vuelta al reloj de arena, ésta regresa al hemisferio donde se encontraba antes, pero no necesariamente —pocas veces, casi nunca— los granos conservan su orden original. Es por ello que cuando el hombre viaja al pasado pierde la memoria. Sólo tenemos evidencia de este fenómeno cuando algún recuerdo solitario, confundido, se encuentra con otro al que conoció en un giro del reloj, se reconocen, y entonces nos infunden la sensación de haber experimentado algo que nunca ocurrió.

Juan Héctor García Ramos
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 31

Liliana V. Blum

Liliana V. Blum

 

Liliana V. Blum

(Durango, 1974)

Es autora de la novela breve Residuos de espanto (Ficticia Editorial, 2013), y de los libros de cuentos No me pases de largo / Don’t pass me by (Literal Publishing, 2013), Yo sé cuando expira la leche (Instituto Municipal de Cultura y Arte de Durango, 2011), El libro perdido de Heinrich Böll (Editorial Jus, 2008), The Curse of Eve and other stories (Host Publications, 2008), Vidas de catálogo (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007), ¿En qué se nos fue la mañana? (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, 2007), y La maldición de Eva (Voces de Barlovento, 2002).

Liliana está compilada en varias antologías, como Atrapadas en la madre (Alfaguara, 2006), El espejo de Beatriz (Ficticia Editorial, 2009), El crimen como una de las bellas artes (Instituto de cultura de Coahuila, 2002), Óyeme con los ojos: de Sor Juana al siglo XXI, 21 escritorias mexicanas revolucionarias, (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010), y Three messages and a warning : contemporary Mexican short stories of the fantastic (Small Beer Press, 2012). Es coeditora de la antología Perros de agua : nuevas voces en el sur de Tamaulipas (Editorial Porrúa-Ayuntamiento de Tampico, 2006)[1].

 

[1]Semblanza enviada por la propia Liliana vía e-mail.

Deslamparados

Los genios viajaban concediendo tres deseos a quienes frotaran sus lámparas maravillosas. Existieron, otros genios que iban por ahí sin llevar lámpara alguna. Preferían que las personas frotaran lo que mejor les pareciera.

De esta segunda clase hubo agradecidos genios que llegaban a conceder hasta cien deseos.

Liliana V. Blum
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 25

Poca fe

133 top

En Misore, el famoso Fakir Sar Miy Maharam ejecuta el famoso ejercicio de la cuerda india ante una docena de espectadores indígenas y un ciudadano británico.

Maharam comienza por trazar un amplio círculo en el suelo, con la ayuda de un trozo de carbón, y ruega a los espectadores no tropezar ese trazo.

Seguidamente lanza al cielo una cuerda de unos quince metros de longitud, que se mantiene tirante en el espacio. A continuación emprende la ascensión.

Casi ha llegado al extremo cuando el inglés, incrédulo de que no haya superchería, franquea el círculo prohibido. En ese instante la cuerda se destensa y el escalador se estrella contra el suelo y muere.

Pol Quentin
No. 133, Abril-diciembre 1996
Tomo XXVIII – Año XXXII
Pág. 23