Alma y media

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Desde que papá murió, mamá fue empequeñeciendo por dentro, sin que nadie lo notara, pues mientras más chiquito se le hacía el espíritu, más hambre le daba. La gente decía: qué saludable estás, por no decirle gorda. Mamá agradecía el cumplido con una sonrisa angelical y una vocecita que le salía del estómago, como si estuviera sentada dentro de su propia barriga, viéndose comer. Por esos días se le empezaron a voltear los ojos porque ya no alcanzaba a asomarse por ellos hacia afuera. También quedó sorda, no le llegaban los sonidos por más que gritáramos. Sin embargo, continuaba comiendo. Entonces los brazos comenzaron a quedarle grandes, parecían las mangas de un suéter colgado en el tendedero. Nosotros aún no sospechábamos nada, aunque era extraño que mamá, que antes era la primera en reír de un chisteo empujarnos por la vida como si fuéramos carretillas, estuviera tan silenciosa y sólo de vez en vez balanceara un pie, como diciendo no. Por eso nos enteramos. Mamá nunca decía sí a nadie. Acerqué mi boca a su pie y susurré: mamá, ¿me oyes? Una débil patadita fue la única respuesta. Luego mamá dejó de mover el pie. Quise quitarle el zapato, que le quedaba apretado. Era un zapato de cintas que se resistían a ser desanudadas. Cuando por fin logré descalzarla era demasiado tarde, la media estaba vacía.

Martha Cerda
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 102

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Siglo XXI

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Ángeles de alas manchadas hurgan en altares de latas vacías alimentos procesados por larvas.

Coleccionan, en la tierra fértil de bacterias, lunas rotas, soles no eclipsados y cucharas de peltre muertas en el combate de la noche con el día. Sus rostros yacen junto a tubos rotos y a materiales tóxicos que los reflejan. Una muñeca mutilada lee en la basura: omisión de los derechos humanos.

Claudia Palencia
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 101

¿Culto al mal?

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Ya no hay duda de que los grupos de los autodenominados “científicos” que vivieron en la época del que, aún no hemos podido descifrar por qué, se llamaba a sí mismo Homo sapiens sapiens, eran poco apreciados en la sociedad. Hasta ahora supimos que esto se debía sólo al hecho de que lugar de trabajar se dedicaban a pensar, y todavía se quejaban porque se les pagaba poco por ello; sin embargo, recientes hallazgos muestran que dichos grupos, que eran especies de cofradías secretas a las que sólo unos cuantos iniciados tenían acceso, estaban llenas de sádicos.

Lo anterior se deduce del sorprendente descubrimiento de que algunos de los “científicos” competían unos con otros en loca carrera por describir enfermedades, con el único propósito, hasta donde se sabe, de ponerles su nombre —síndrome de Stokes y Adams, epilepsia Jacksoniana, mal de Parkinson—, como queriendo permanecer a lo largo de la enfermedad y aun después de muertos, carcomiendo a los hombres. Se piensa que esta extraña costumbre podría ser también un culto a la depravación, ya que daban su nombre, igualmente, a los agentes causantes del mal —bacilo de Eberth, parásito de Laveran, bacilo de Yersin—. Nos quedamos estupefactos ante algunos casos como el de un tal Koch, que no satisfecho con proponer que el bacilo de la llamada tuberculosis —una de las enfermedades que acabó con el sapiens sapiens— llevara su nombre, lo reclamó también para el agente etiológico de una tal conjuntivitis infecciosa. No puede asegurarse todavía pero, al parecer, incluso un santo —que de acuerdo con los criterios del Homo sapiens tendría que haber sido un varón extremadamente bondadoso— de nombre Vito, pertenecía a este grupo de perversos.

Ana María Carrillo
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 98

Justificación

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—Pues sí doctor, ya sé que abandoné la Terapia sin avisarle; pero es que pensé que ya estaba todo arreglado. ¿Recuerda que pasamos dos años tratando de resolver mi complejo? Pues cuando ya casi lo logramos sucedió que me enteré de que había sido adoptado. ¿Se imagina? Yo estaba feliz, hice mil preparativos y planes, por eso no regresé; pero cuando le propuse matrimonio a la que yo había creído mi madre, me explicó que tuvo que tramitar la adopción, únicamente para justificar ante la sociedad que no era madre soltera.

María Guadalupe Rangel
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 97

Nancy R. Lange

Nancy R. Lange

Nancy R. Lange

 

Poeta canadiense. Trabaja en el campo de la creación literaria desde hace muchos años, ha publicado tres libros de poemas. Ha trabajado en varias ocasiones con artistas visuales. Sus escritos han sido publicados en diversas revistas en Inglés, francés y español, en Canadá, Estados Unidos y México. Ellos se presentaron a través de exposiciones y conferencias públicas en Canadá, Estados Unidos y Francia. Sus textos fueron leídos en la radio, en Les décrocheurs d’étoiles, Trafiqueur de nuit, Le Bal des Oiseaux.  También ha escrito para Radio-Canadá durante más de un año para Le Cagibi des métiers improbables con el grupo Les Gicleurs de Macadam Tribu[1].

[1] http://robertturenne.ca/aal/?p=3026

Mujer secreta

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El tiempo —demasiado corto— de amalgamar y ya te alejas. Quédate un poco más, quédate… Es inútil insistir. Te levantas, te apuras. En tu mundo, sólo hay un lugar para mi silencio. Te escucho hablar del trabajo, de lo que conviene hacer. ¿Cómo podré tener la última palabra cuando la primera aún se me escapa? ¿Por qué volví? Nunca me darás lo que necesito. Tengo en mi contra la tradición milenaria de las mujeres que se conformaron con poco y se siguen conformando, el acuerdo tácito posa sobre ellas su chador. La culpa es de él, la culpa es de ellas. Pierdo la cabeza tratando de conocerte. ¡La culpa es del mar!

Nancy R. Lange
Número 136 – 137, julio-diciembre 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 95